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Yllis habría preferido quedarse en el silencio y la tranquilidad de su casa. Allí, sus padres le permitían encerrarse en su habitación y dedicarse a lo que quisiera. Podría estar leyendo un libro cómodamente acurrucada en su sillón, pero había decidido internarse en algo nuevo y completamente desconocido: una fiesta. Tras oír varias veces de la celebración que se realizaría en un viejo almacén, se obligó a ir. Ya tenía diecisiete años y debía ampliar sus horizontes. Claro que, ahora, se arrepentía de la decisión tomada. La música atronaba en sus oídos y retumbaba en su cabeza como si su cráneo fuera un espacio vacío. Parpadeó repetidas veces, intentando librarse de la sensación de mareo que la atontaba. Avanzó para alejarse de la multitud, ansiando llegar a un ambiente más tranquilo.

Se abrió paso a empujones, mordiéndose el labio para evitar que una disculpa saliera de ellos. Finalmente logró llegar al bar, donde esperaba encontrar un poco más de calma. Se sentó en uno de los taburetes frente a la barra, examinando su compañía. La gente allí era una simple silueta recostada de cualquier manera en la madera lustrada del mesón, sosteniendo a duras penas el vaso repleto de licor en sus manos. Apartó la mirada y observó la fiesta desde una distancia prudencial. Estiró el cuello intentando reconocer a alguien, cualquier persona, que pudiera hacerle compañía. Las luces titilaban, impidiéndole distinguir a nadie.

El ruido sordo de una persona cayendo en la silla a su lado detuvo su inspección. Lo ignoró, pero, al oír un balbuceo dirigido a ella, se decidió a volver la cabeza. El cabello pelirrojo y ensortijado del chico le impedía ver sus ojos, pero su sonrisa lobuna alcanzaba a asomar. Al ver su gesto sintió un nudo en la boca del estómago; intentó incorporarse cuando notó una mano que se aferraba a ella, haciéndole imposible marcharse. Sosteniendo su muñeca, el muchacho alzó el rostro y se aproximó levemente, dejando al descubierto sus ojos, que la veían como quien presencia un fenómeno natural. Clavó su mirada frenética en la de ella, intentando comunicarle algo sin pronunciar palabra. Su sonrisa se había borrado, mostrando en su rostro pecoso una expresión desolada. El chico se acercó aún más, hasta el punto en que Yllis era capaz de sentir su respiración cálida sobre el rostro. La morena se apresuró a reestablecer la distancia que hubo en un principio, dando un tirón a su muñeca para desprenderla del puño de hierro del chico. Él dejó resbalar su mano, librándola de su agarre.

Yllis abrió la boca un par de veces, intentando formular una frase coherente, pero cada palabra que se le ocurría moría en sus labios. Sentía los pulmones vacíos y, antes de inhalar profundamente, reparó en que la idea de seguir respirando el aire viciado del club era repulsiva. Lanzó un último vistazo al chico a su lado y se apresuró a encaminarse a la salida. Sentía su corazón latiendo en sus oídos, embotando sus sentidos. Miraba sobre su hombro cada dos por tres, asegurándose que el pelirrojo no la seguía. Avanzó como pudo hacia la puerta de entrada. La empujó con todas sus fuerzas, el olor a óxido inundando sus fosas nasales. Se escabulló entre las personas que estaban allí fumando y se dirigió a un callejón que había a un lado. Las sombras la rodearon, dándole un consuelo que no esperaba encontrar en un lugar tan oscuro. Se apoyó en la muralla, sintiendo la fría humedad a través de su ropa, advirtiendo la humedad que había en el aire. Fijó sus ojos castaños en el cielo al tiempo que intentaba acompasar su respiración. Las estrellas titilaban en la bóveda celeste, causando que un extraño sentimiento de añoranza se retorciera en su estómago. Danzaban en círculos hipnóticos sobre ella, realizando una invitación silenciosa. Bajó su mirada al pavimento, intentando fijar la vista. ¿Por qué todo daba vueltas? Una nueva oleada de náuseas la golpeó, bastante distinta al mareo que tuvo en el interior del club.

Se incorporó como pudo, sosteniéndose en la muralla. Avanzó vacilante, insegura de dar el siguiente paso, deteniéndose cada poco a recuperar el aliento. Se obligó a no apartar la mirada del suelo, asustada de lo que había visto en los astros que adornaban el cielo. ¿Había visto su nombre escrito en las estrellas o había sido su imaginación? Intentó recordar si había bebido algo extraño durante el transcurso de la noche, pero su memoria solo le mostraba retazos borrosos; era incapaz de concretar una escena completa. Recordó el movimiento de la gente a su alrededor, la fresca madera bajo sus muslos descubiertos, unos ojos verdes rodeados de pecas que la miraban con desesperación. No supo ponerle nombre a ese rostro. ¿Conocía siquiera a su portador? No lo recordaba. No recordaba nada más que la incertidumbre que rodeaba su garganta como una tenaza ardiente.
Una brisa fresca golpeó su rostro, devolviéndola a la realidad. Se encontraba en mitad de la calle, una vez más a la luz de las farolas. Se permitió soltar un suspiro aliviado, ignorando las miradas extrañadas que la gente le dirigía. Se quitó como pudo la sensación pegajosa que la había invadido en el callejón y echó a caminar a casa.

A pesar de que al verano le quedaba un mes para acabar, Yllis tenía la piel de gallina. Se frotó los brazos, reprochándose no haber llevado una chaqueta. La trenza que se había esforzado en hacer estaba deshecha sobre su hombro, los mechones de cabello cosquilleando en su cuello. Los pensamientos inundaban su mente. ¿Qué había visto, en realidad, allá en el callejón? ¿Había sido real? Tal vez había olvidado tomar su medicina. Apenas llegara a casa, hablaría de eso con su madre.

Un sonido entrecortado la alertó. Sus pasos perdieron velocidad, hasta que se detuvo en mitad del camino. Echó una ojeada a su espalda, esperando ver un auto traqueteando por el asfalto. En vez de eso, la calle vacía le devolvió la mirada. Giró sobre sí misma, mirando a su alrededor. Frente a ella, nada. A su espalda, nada. A su izquierda, un callejón a oscuras era penosamente iluminado por un farol parpadeante. En la boca del pasaje, había una figura acurrucada contra la pared. Temblaba; sus hombros se agitaban violentamente con cada respiro que tomaba.

Yllis, sin estar segura de qué estaba haciendo, avanzó en dirección a la silueta en el callejón. El eco de sus propios latidos en sus oídos inhibía cualquier otro sonido que pudiera llegar a ella. Inhaló temblorosamente, dando un par de pasos más hacia el bulto en el suelo. La distancia disminuyó, hasta permitirle echar un buen vistazo a quien allí se encontraba. Era una mujer, con el pelo castaño enmarañado, impidiéndole ver su rostro. Tenía la tez mate, y sus manos huesudas agarraban con fuerza su costado, del que brotaba sangre.

Se acercó hasta arrodillarse junto a ella. Como en un trance, incapaz de detenerse a pensar qué estaba haciendo, alzó su mano hasta posarla en el hombro de la mujer. Sintió el hueso bajo su palma, débil y fácil de romper. El llanto de la mujer se detuvo súbitamente y, poco a poco, alzó la cabeza hasta clavar sus ojos en los suyos. Alzó una mano, la otra aún aferrando su costado, y la llevó hasta la mejilla de Yllis. La joven sintió la sangre, tibia y pegajosa, sobre su piel, pero no le importó. Una lágrima se deslizó por su rostro, hasta mezclarse con la sangre que lo manchaba. Los ojos de la extraña seguían clavados en los suyos, una tristeza infinita reflejados en ellos. ¿Cómo una mirada de tal belleza podía transmitir tanto dolor?
Un ruido extraño escapó de sus propios labios. Sorprendida, se dio cuenta que más lágrimas caían de sus ojos; estaba llorando. Los sollozos sacudieron sus hombros y, al intentar enfocar la vista, se fijó en la película emborronada que cubría su visión. ¿Por qué sufría con la muerte y el dolor de esta mujer, si no la conocía? A pesar de no tener relación alguna con ella, Yllis sentía su corazón partirse un poco más con cada suspiro que escapaba de los labios ajenos. La muchacha susurró palabras tranquilizadoras mientras la señora miraba con ojos vacíos el firmamento que se alzaba sobre ellas.

Fue interrumpida cuando, de súbito, la mujer apartó su mano de su rostro y tomó la suya. Respiró entrecortadamente, intentando reunir el aire necesario para hablar. Movió su mirada hacia ella, sus ojos brillando con nuevas lágrimas. Una débil sonrisa se dibujó en su rostro, e Yllis sintió cómo apretaba su mano con suavidad. Vio su boca moverse, pero ninguna palabra lograba llegar a sus oídos. Llevó su oreja a sus labios, intentando rescatar algún sonido.

-Tienes… -el aire dejó sus pulmones muy pronto, impidiéndole terminar la oración. Respiró de nuevo, esforzándose en continuar. – Yllis, tienes que… necesitas encontrar a Aalam. Dile... que vas de mi parte. Wairua. Wairua te mandó. Dile que me marché. Volví a Eyona.

La voz de la mujer sonaba implorante. A pesar de no entender ni la mitad de las palabras que le dijo, se preocupó de memorizarlas. Aalam. Wairua. Eyona. ¿Era Eyona un lugar? Volvió su vista a los ojos de Wairua, que transmitían una desesperanza tal que Yllis sintió más lágrimas deslizarse por sus mejillas. Ni siquiera pudo cuestionarse cómo ella sabía su nombre o por qué creía que ella sería capaz de encontrar a ese tal Aalam; el agarre que la mujer tenía en su mano perdió su fuerza. La joven abrió los ojos como platos y negó energéticamente con su cabeza. Los sollozos sacudieron sus hombros con más fuerza, impidiéndole fijar su vista en un punto fijo. Sintió su mundo caer hecho añicos, dejándola sola en un charco de sangre, con un cuerpo inerte en sus brazos.
     
 
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